11 abril 2008

Me quejo para que te quejes 1 TREN

Tren repleto, subte repleto, de personas claro. No quepa ni un alfiler, ni una mosca, ni una cosita más. Se respira con esfuerzo, con dificultad, pero se respira, que para lo aplastado que se esta no es poco.
Llega a nueva estación, y para adentro uno piensa: que baje gente, que bajen algunos, que baje alguien. Y anden también repleto. Suben, algunos, más aplastamiento humano.
Al fin, la próxima estación es en la que me bajo, como puedo, me acerco a la puerta. Anden con mucha más gente.
No me dejan bajar, no nos dejan salir a los que necesitamos salir. La gente que esta esperando en el andén con desesperación solo quiere entrar.

En lo máximo y en lo más mínimo creo que como sea hay que recuperar una solidaridad colectiva, espontánea. Y dejar el sálvese quien pueda en el que vivimos.Claro esta que en un mundo donde existe la trata de personas, donde hay intereses capitales que llegan a engañar gente, a matar gente, donde la corrupción coloniza casi todos los terrenos.
Seguramente, que en un mundo así quizás sea ingenuo hablar, plantear, anhelar solidaridad colectiva y espontánea. Pero es en lo que creo. No sería mucho más sencillo, obvio, amable, simpático y sano que naturalmente, al llegar a una estación, descienda la gente del tren primero y la que esta en el andén aguarde para luego subir. En lugar de chocarse y forcejearse como dos ridículas fuerzas que se impiden una a la otra el paso y van hacia lugares opuestos.
Me quejo para que te quejes, y cambiemos un poquito el mundo.

05 abril 2008

Fotografias Urbanas 1 JUEGOS DE NIÑOS


Caía el sol de la tarde, fin del invierno principio del verano. Allí estaban, sentados en la vereda de un local en los suburbios de un barrio del gran Buenos Aires. Era una calle céntrica, con movimiento urbano con aroma a vuelta a casa luego de la jornada de trabajo. Estación de tren cercana, calle con autos, barreras bajas, gente caminando por la vereda. Eran dos, varones, y tendrían 8 y 5 años, quizás menos.
Entonces el mayor le mostraba al menor las reglas del juego, alardeando.
Bang! Bang! Bang! Pum! Pum! Pum! Pim! Pam! Pim! Pam! Onomatopeyas, todas de disparos. El juego consistía en simular con la mano una pistola, un revolver y dispararle a todo y a todos, mientras se hacía la onomatopeya.
¿Juego simple?
No quisiera caer en la tentación de analizar la simpleza o gravedad de tal juego. No quisiera entrar en hablar de delincuencia juvenil, ni comparar con LOS
OLVIDADOS, con BABEL y hacer un cuadro de comparación entre la cinematografía que mostró un niño con un arma, y el juego ¿inocente? ¿Simple? El juego imaginario, seguro, porque el arma no existía.Tan solo quiero describir la fotografía que no pude tomar. Entonces, dos hermanos al parecer hermanos, uno mas grande le mostraba el juego al mas chico.
BANG! BANG! Disparaban a todo el mundo y rían; para mí conformaban una parte de un todo del paisaje urbano. Hasta que capto la totalidad de mi atención cuando vi que el hermano más grande agarraba las manos
de su hermano y las bajaba pálido; mientras en simultaneo decía NO a ellos no. Un auto policial pasaba por esa Calle, las luces típicas de patrullero se reflejaron en las caritas de los dos, serios ya sin risas. Y escuche otra vez, “A ellos no”.
Por miedo o por respeto, no lo se, pero sus caras se transformaron.
Yo caminaba por esa misma cuadra. Cuando llegue a la esquina, el patrullero ya estaba alejado y volví a escuchar el BANG! BANG! PUM! PUM!

26 febrero 2008

Intertextualidad 1 ROMA CITTÀ APERTA




Ni Roma podía ahogar las penas de ella, la tristeza que traía. Caminaba por una ciudad en la que había soñado estar sin la posibilidad de poder disfrutarlo. Nada tenía sentido.
Todo se veía a través de rejas, puertas, se veía sin apertura visual. Sin poder ver más allá.
Sin embargo, las grandes ciudades tienen esa magia. Ese segundo de cruzar miradas en la diversidad, heterogeneidad, la magia de pedir fuego, simplemente fuego en una última tarde en Roma. Y que entonces de golpe se pueda no solo ver a través de las cosas, sino de la gente y generar movimiento.
El en cambio, disfrutaba cada segundo que respiraba en esa Ciudad, como si respirando profundo y observando cada movimiento pudiese retener a Roma en el alma para siempre.
Para ambos era la última tarde en Roma, si bien esto tenía un significado diferente para cada uno de nosotros. El sabía que volvería; o eso se había prometido. Ella se despedía de la cittá eterna para siempre; o a eso se había resignado.
No tuvimos tiempo de despedirnos, al igual que tampoco habíamos tenido tiempo para conocernos.
Seguro que aquella noche, en algún lugar del mundo, un ecuatoriano y una alemana hicieron el amor burlándose de la unión tan retórica entre España y Argentina.